En un mundo dominado por las prisas, la sobreinformación, la ansiedad y el ruido, detenerse a escuchar se ha convertido en un acto de resistencia activa. Escuchar mientras practico contact improvisación —con presencia, con entrega, con el cuerpo entero— emerge, hoy más que nunca, como una actitud antisistema. Igual que habitar el silencio.
En tiempos donde el ego halla su altavoz en cada red social, y la velocidad se glorifica como virtud, prestar atención auténtica a lo que sucede, a lo que siento o a lo que pasa a mi alrededor, yo lo entiendo como un acto heroico y demodé.
Cuando me atrevo a escuchar mi cuerpo, o a percibir lo que me dicen los cuerpos con los que interactúo en el espacio de danza, me obligo a parar y a abandonarme, esto es, a perder el control. En ese instante, abro de forma consciente una ventana a la incertidumbre, a la investigación. ¿Y, acaso, no consiste en eso improvisar bailando en contacto con otros seres?
También me he dado cuenta de que, bailando, la escucha deja de ubicarse exclusivamente en el espacio auditivo, para alcanzar el tacto, la vista y hasta a las vísceras. La danza contact, pero también la propiocepción, nos obliga a sensar con los ojos, la piel, las manos, los músculos y la estructura ósea.
Afirmo que escuchar se transforma, gracias a esta nueva forma de entenderla, en una cualidad abierta a lo desconocido. Quien escucha con atención se despoja de certezas, se desplaza de su centro, abandona la comodidad de lo familiar.
Y también conmueve, en el sentido más literal del término, porque nos mueve por dentro. ¿Y qué es la danza contact improvisación sino un camino hacia la conmoción elegida?
Escuchar de verdad exige desnudarse de prejuicios o de ideas preconcebidas, desaprender y renunciar para aceptar lo que sucede. Es cierto que requiere práctica, sensibilidad, y hasta arte. No basta con callar: hay que hacer espacio dentro de uno mismo para que el otro cuerpo exista, se exprese y hasta me interpele sacándome de mis seguridades. Como el buen amar, escuchar bien al bailar contact exige de paciencia, tacto fino y una atención precisa, casi meditativa.
En última instancia, cuando me centro en escuchar, en medio de una jam, adopto un modo de rebeldía amable e incruenta. De algún modo, decido apagar la maquinaria del juicio automático y permitir que algo nuevo emerja en el espacio entre dos cuerpos que se atienden. Para eso, claro, hay que respirar. Respirar y confiar en que, del silencio, también, brota la danza compartida.
Este y otros asuntos vinculados a la práctica del contact improvisación están recogidos en el libro ‘Todos los cuerpos bailan: viaje por la Danza Contact Improvisación’.
FOTO del post: @pierrellamasphoto
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