Si bailas Contact descubrirás que tienes ojos en la piel

Foto: A. Almagro

“Cada vez que toco, soy tocado/a”. Esta máxima de la Danza Contact Improvisación alude a una nueva forma de entender la relación con el contacto que establecen dos cuerpos desde el instante en que se rozan. Cuando mi piel toca otra piel, o cuando entra en relación con el suelo, la pared o cualquier otro objeto con el que interactúe, someto a mi cuerpo a una experiencia sensorial directa que se
resume en dar y recibir.

La DCI abre nuevos caminos en la consciencia. En el instante en que bailo con alguien se genera una experiencia compartida que circula en dos direcciones.
Incluso cuando los cuerpos no se mueven, cuando ninguno toma la iniciativa de abandonar la quietud, si afino la escucha corporal podré sentir un diálogo profundo y delicado, tanto en el interior de mi cuerpo como en el de mi pareja.

Los seres humanos nacemos con la necesidad de tocar y ser tocados. Quizás, porque habitamos una estructura de tejidos y órganos envuelta en dos metros cuadrados de una malla a la que llamamos piel, que pesa cuatro kilogramos
y que dispone de cinco millones de terminaciones nerviosas.

Somos cuerpos sensibles abiertos a un mundo de relaciones, latentes o presentes, que trascienden las fronteras marcadas por el campo de visión de nuestros ojos o
de los otros sentidos. Sucede desde que somos bebés hasta el final de nuestra vida. Pero de lo que se habla menos es de los beneficios del llamado ‘tacto suave’.

La lista es larga: libera oxitocina, hormona conectada a nuestro comportamiento
social; aumenta los niveles de dopamina, uno de los sistemas de recompensa del cerebro; y provoca segregación de serotonina, la hormona de la felicidad y el bienestar. El efecto benefactor y automático de esta fiesta hormonal es
una reducción significativa del estrés y la bajada del ritmo cardíaco.

Una de las grandes novedades que aporta la Danza Contact Improvisación en este terreno es la propuesta de abandonar la intención al tocar. Esta premisa facilita desconectar la experiencia respecto a estímulos sensuales o sexuales, cuando la danza te conduce a entrar en contacto con zonas erógenas de tu pareja. De hecho, se propone que la mano pierda su rol controlador a través del agarre y que los órganos sexuales y las zonas erógenas se transformen en una parte más de la piel expuesta al contacto y al intercambio de peso en movimiento.

Desechar la voluntad, desobedecer a la mente o escapar de lo que te gustaría hacer son propuestas que hace la DCI para guiar el modo en el que te mueves solo o en pareja, relacionándote con el contacto. Otra aportación reseñable de esta práctica consiste en el modo en que anima a lograr una experiencia sensorial del tacto que supere un contacto centrado en las manos y que esté focalizada en la
yema de los dedos.

El contact saca partido de las inmensas posibilidades de la piel, nuestro órgano más extendido y presente a lo largo y ancho de nuestro cuerpo. Aunque también es cierto que puedo escuchar a los otros cuerpos a través de mis músculos, de los otros órganos, de mis huesos.

Así lo hago en la danza cuando experimento tres niveles de contacto: el más superficial -piel-; un poco más profundo -músculos y tendones-; y, al fin, la cota más profunda: la estructura ósea. Y lo hacemos con las manos y con el resto
de nuestro cuerpo, sintiendo la masa de la pareja y dándole nuestro peso.

En este punto vale la pena poner la mirada en la fascia, un sistema conectivo que envuelve músculos, órganos, nervios, vasos sanguíneos y huesos. Hablamos de un complejo circuito de coordinación sensorial que garantiza el reparto del esfuerzo muscular facilitando la ligereza de movimientos. Esta red extensa y tridimensional de fibras de colágeno que acoge el cuerpo de forma global tiene una importancia
crucial en la tarea de brindar protección y absorber los impactos, ya que permite soportar fuerzas de tracción en cualquier dirección. Bailar desde la atención a este complejo sistema, sabiendo que está conectado, me ayuda a ser más consciente de las posibilidades de movimiento coordinado y de bajo consumo energético que puedo alcanzar desde una escucha profunda de mi cuerpo.

Steve Paxton dijo en 1972: “La piel es la mejor fuente de imágenes porque trabaja en todas las direcciones a la vez. Si pudiéramos cortar cualquier contacto con la piel, lo notaríamos mucho más. Pero la piel funciona, sobre todo, de forma mecánica. La conciencia se alerta si la superficie del cuerpo recibe una estimulación inusual, pero la mayoría de las veces no se nota el roce de la ropa o el peso sobre una silla. Al danzar en contacto, sin embargo, me siento suspendido en mi piel. Y dependo de ella para que me proteja, para que me avise, para que me dé la información a la que respondo”, decía el maestro.

El Contact Improvisación revela la existencia de un ‘cuerpo sensible’, tal y como lo define Isabelle Uski. El paisaje habitable se multiplica exponencialmente porque hallo la vía para explorar nuevas posibilidades de sentir y hacer sentir en el contacto corporal con mi pareja de danza. El tacto también me conecta con la identidad, el deseo, el vínculo, la fragilidad, el apego y la pérdida.

Te invito a que leas ‘Todos los cuerpos bailan: viaje por la Danza Contact Improvisación. Este texto es un fragmento de esta obra, la primera escrita originariamente en español que se refiere a la experiencia de un practicante de CI.

One response to “Si bailas Contact descubrirás que tienes ojos en la piel”

  1. […] juicio, me ayudó a soltarme, poco a poco, jam a jam, y a atreverme iniciar dinámicas de danza y juego de contacto corporal incluso con aquellas personas que percibía como más experimentadas. En resumen, del Contact […]

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