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¿Es el Contact Improvisación una danza antisistema?

CI revolución danzada

CI revolución danzada

En mi opinión, el Contact Improvisación (CI) no es una moda, ni una simple danza social. Surge en un contexto histórico —finales de los años sesenta, con la aparición de la danza postmoderna— marcado por profundas transformaciones culturales, sociales y políticas. Desde el principio se vincula a otros movimientos artísticos y filosóficos, como una respuesta crítica a la hegemonía del mercado, el capitalismo y el individualismo. Desde su aparición, el CI ha propuesto una forma de relación corporal y social que colisiona con las normas dominantes: promueve la cooperación, la escucha, la igualdad y la interdependencia frente a la competencia, la adoración al ego y el consumo sin conciencia. Por ello puede considerarse una práctica genuinamente antisistema.

Karen Nelson, una de las pioneras del movimiento, describía el CI como una “revolución corporal” que conecta con las fuerzas de la tierra y el tacto perdido. “La gente que practica CI es revolucionaria. Nos entrenamos en el arte de tocar el suelo y unirnos con las fuerzas de la Tierra. Sentimos nuestros cuerpos. Tocamos a los demás. Movemos nuestras masas, alimentamos a los desposeídos del tacto, a los hambrientos de confianza, a los adictos al momento presente, a los que confunden el amor, el sexo y el tacto”, afirmaba Nelson en un artículo publicado en 1996.

Sin embargo, con el paso del tiempo algunas voces han acusado al CI de haberse “aburguesado”, de haberse convertido en una versión suavizada y comercial de lo que fue en origen. Según estas críticas, la práctica se habría despojado de su espíritu subversivo inicial para adaptarse a las lógicas del mercado, presentándose como una experiencia sensorial atractiva pero despolitizada. Aun así, quienes mantienen vivo su espíritu original lo siguen entendiendo como un acto de libertad, una forma de cuestionar jerarquías y de abrir un espacio para lo común para compartir y compartirse.

Los orígenes del CI se sitúan en la revolución cultural de los años 60 en Estados Unidos, cuando artistas como Steve Paxton, junto a Yvonne Rainer y Deborah Hay en la Judson Dance Theatre, buscaban liberar la danza de las formas impuestas por los coreógrafos y las instituciones. Para Paxton, improvisar era una forma de crear desde el presente, sin sometimiento a estructuras jerárquicas. Así, el CI se convierte en una práctica emancipadora, que reivindica la espontaneidad, la experiencia compartida y la libertad frente a la disciplina y el espectáculo.

Ciudadanía bailada

En el Contact Improvisación no existen criterios de exclusión. Cualquier persona puede practicarlo, sin importar edad, experiencia previa o nivel técnico. Las jams y clases se conciben como espacios abiertos y democráticos donde todos los cuerpos son aceptados. Este principio rompe con la lógica del espectáculo y la selección estética que rige en otras formas de danza. Lo importante no es la destreza, sino la presencia, la conexión y la atención compartida. La práctica se basa en valores como el respeto, la seguridad colectiva, la responsabilidad individual y la igualdad.

A través del contact se propone la ‘interdependencia’, que alude a la responsabilidad individual y que permite respetar tus propios deseos y compaginarlos con los de tu pareja de baile. Ante la moda de la excelencia y del ‘tú vales y tú no vales’, donde priman criterios selectivos y sesgos ligados a la juventud, la fuerza o la belleza estética, el CI opta por una relación democrática que acaba con la jerarquía de quienes bailan bonito o creen tener un cuerpo 10.

Practicar contact implica aceptar la incertidumbre y el cambio. Improvisar es enfrentarse continuamente a lo desconocido, y esa disposición genera personas más autónomas y menos manipulables. Frente a una sociedad acelerada, que glorifica la productividad y convierte el tiempo en mercancía, el CI propone ralentizar. Escuchar el cuerpo, detenerse y atender los micromovimientos son formas de resistencia frente a la prisa y la saturación de estímulos. En lugar de producir, esta práctica invita a sentir y observar, reivindicando la lentitud como espacio de aprendizaje y conciencia plena.

Este es un fragmento del libro Todos los cuerpos bailan: viaje por la Danza Contact Improvisación‘. Si quieres leerlo en su totalidad, puedes adquirirlo en Amazon o ponerte en contacto conmigo en el mail: jlcorretje@gmail.com

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